
Era mediodía, el sol brillaba en lo alto, bañando con su calor todo lo que tocaba. Gotas de sudor caían de los rostros de las jóvenes que, alegremente, jugaban un amistoso partido de volleyball para matar el tiempo entre clases.
Los gritos felices de las chicas eran opacados por el sonido de un lápiz sobre una hoja de papel, ligeros trazos formaban figuras realistas del paisaje sobre el cuaderno. La responsable de estos vívidos dibujos era una tímida chica de cabello púrpura, bajita para su edad, sentada a unos metros de la cancha de volleyball.
La joven se había rendido con su tarea de matemáticas y prefirió hundirse en su pasatiempo favorito, ignorando todo a su alrededor. Un fuerte ruido sobre el asfalto la sobresaltó e hizo que volteara la mirada a unos pasos de ella, era el balón de volleyball que fue lanzado fuera de la cancha.
Observó el esférico avanzar rodando por unos momentos y cuando giró para ver al grupo de chicas en la cancha, éstas le gritaban esperando que se los devolviera. Entonces cayó en cuenta de lo que debía hacer, se intentó levantar con torpeza sin soltar sus cuadernos y se dirigió hacia el balón sin percatarse de que una de las chicas ya la había alcanzado corriendo hacia ella.
La peli púrpura observó la corta cabellera rubia de la chica moverse con gracia cuando se inclinó para levantar la pelota y luego esos ojos dorados la vieron por primera vez.
―¿Me la puedo llevar?
Pronunció la nueva chica con tono coqueto mientras levantaba un poco el balón.
―Ah… si, claro ―alcanzó a decir con voz baja la dibujante que sentía sus mejillas un poco calientes.
Estaba impactada por la belleza de su compañera, ya la había visto antes pero de lejos, jamás habían intercambiado palabra y mucho menos mirada, pero por alguna razón no podía despegar la vista de sus ojos, el embelesamiento que sentía era mayor a su timidez, tanto que parecía hipnotizada.
Mientras la peli púrpura procesaba esta información, la rubia, que era un poco más alta, agachó un poco la cabeza y logró visualizar mejor lo que yacía en las libretas de la pequeña.
―Oh! qué bellas flores, son tulipanes? son mis favoritos. Dibujas muy bonito ―sonrió alegre.
La dibujante al verse expuesta ocultó el cuaderno en su pecho y dirigió la mirada al suelo
―Gracias ―dijo sonrojándose aún más si era posible. De pronto la interacción fue interrumpida por la voz fuerte y molesta.
―Angie ¿Qué haces? ¿Por qué demoras tanto?
Una nueva joven aparecía en la escena.
Los intimidantes ojos pardos se posaron sobre Hamber haciéndola sentir aún más pequeña, volteó el rostro al suelo esperando que la rubia contestara.
―Ah, lo siento Amanda, es que me entretuve un momento, pero ya, volvamos.
Angie comenzaba a empujar a la castaña recién llegada llevándola lejos.
Hamber la seguió con la mirada unos momentos, lo suficiente para ver que la rubia volteaba y le guiñaba un ojo. La peli púrpura no supo cómo responder, solo parpadeó un poco y volvió con mucha prisa a sentarse en el lugar donde estaba hace unos minutos. Escuchó unos murmullos y cómo el partido se reanudaba, pero sus pensamientos iban demasiado rápido como para prestar atención.
Su estómago estaba revuelto, eran sentimientos extraños y solo pudo pensar en dibujar aquello que le había sorprendido tanto: los ojos de Angie. Los trazos que su lápiz marcaba en la hoja de papel eran rápidos y sonoros, con mucha intensidad. Se sentía inspirada, era como si hubiera encontrado una musa.
Hamber estaba tan inmersa en su arte que solo sintió un golpe seco en el costado del rostro que la empujó al suelo, un zumbido en su oído derecho la aturdió y la hizo soltar los lápices y cuadernos, viendo el mundo dar vueltas hasta que sintió su cuerpo chocar contra el suelo, para luego ver oscuro.
Se quedó inmovil asimilando el dolor que sentía, escuchaba sonidos a lo lejos que pronto se fueron acercando y haciendo más fuertes, con esto reaccionó un poco, llevando una mano a su cabeza y abriendo lentamente los ojos, topándose de frente el bello rostro de la rubia que le preguntaba si estaba bien con una mirada preocupada.
Angie procedió a levantar los cuadernos y lápices tirados y se acercó con cuidado a la peli púrpura, colocando su mano sobre la de ella que se encontraba tapando el golpe de recién.
―¿Estás bien? ―Hamber vió esos ojos dorados llenarse de angustia al no recibir una respuesta rápida, pero entre el golpe y el tacto de recién apenas podía procesar lo que pensaba.
―Si… ―dijo con voz casi inaudible y bajó la mirada para tranquilizarse un poco.
―Bueno ven, te llevaré a la enfermería ―Escuchó de su compañera deportista.
―No es… ―antes de que terminara la frase un grito con el nombre de la rubia las interrumpió
―¡ANGIE! ¡Si no le pasó nada, vuelve al juego!
Reconoció la voz de Amanda, la castaña que hace poco se había llevado a su compañera de vuelta a la cancha.
―¡No puedo, llevaré a Hamber a la enfermería!
―Sabes mi nombre.. ―susurró la peli púrpura levantando la mirada
―Claro, somos compañeras de clase ―la rubia sonrió y la ayudó a ponerse de pie para empezar a caminar a la enfermería, descubriendo entonces que sí presentaba un raspón en la frente por la fricción del balón.
―¡Ay! sí te lastimaste, disculpa por no haber atajado ese balón ―lloriqueó.
Hamber abrumada por todo decidió quedarse en silencio el resto del camino, sus pensamientos estaban inundados de el color amarillo vibrante que parecía emanar de Angie combinado con su olor a vainilla que la mantenía lejos de la realidad. La rubia que llevaba cargando los objetos de su compañera, sintió curiosidad de lo que ella dibujaba y empezó a hojear un poco.
En la enfermería Hamber fue atendida mientras que Angie tuvo tiempo de repasar el cuaderno de principio a fin, viendo como sus notas escolares estaban rodeadas de dibujos y viñetas sobre la misma materia u otros objetos imaginarios. Al voltear las últimas hojas rayadas se encontró frente a frente con su propia mirada y el rostro se le iluminó aún más.
―Angie, puedes atender un momento a tu compañera, necesito ir por unos medicamentos- pronunció la enfermera antes de salir del lugar. La rubia llegó hasta Hamber y le devolvió sus pertenencias
―Hojeé un poco tu cuaderno ―mencionó algo avergonzada.
―Eres muy buena, me encantaron tus dibujos, todos ellos…
La chica lastimada recordó que entre todos sus dibujos estaban los ojos de su compañera y el rubor volvió a sus mejillas con rapidez
―Eh.. tú también eres muy buena en el volleyball ―pronunció intentando desviar el tema.
Los labios de Angie se abrieron para responder pero fue interrumpida nuevamente por la misma voz de la misma chica castaña de antes.
―Angie ya tardaste demasiado, todas te están esperando, estábamos entrenando ―aunque se dirigía a la rubia, la castaña tenía su mirada intimidante sobre la otra chica.
―Podrías por favor dejar de hacerte la víctima y devolvernos a nuestra capitana ―dijo con tono burlesco.
―Oye tranquila Amanda, yo la quise acompañar y la enfermera dijo que la vigilara mientras volvía, además solo era un juego amistoso, no era práctica como tal.
Angie intentaba calmar el ambiente, sabía que su amiga era bastante territorial.
―Eso no está sonando como alguien que quiere ganar el campeonato Angie, deberías tener mejor establecidas tus prioridades.
Amanda dijo esto último barriendo con la mirada a la peli púrpura.
La rubia miró al techo y cerró los ojos fuertemente con intención de calmar sus emociones, procedió entonces a avanzar hacia la puerta empujando a Amanda
―Hamber, continuaremos nuestra conversación después, le informaré a la enfermera que tuve que retirarme, pero vendré a verte después ¿okey? hasta luego.
La aludida solo asintió con la cabeza mientras veía la puerta cerrarse.
Después de que la habitación quedara en silencio, Hamber no entendía bien qué había pasado en los últimos minutos, eran muchas emociones y sucesos que jamás había experimentado, empezando por el dolor en su frente por el balonazo y continuando por esa sensación de anhelo que había quedado impregnada en su corazón con la idea de volver a entablar una charla con la rubia. Solo de imaginarlo sus mejillas se coloreteaban.
―¡HAMBI!
Un grito rompió la paz de la chica y la hizo salir de su estado de shock
―¡¡HAMBI!! ¡vine corriendo en cuanto me enteré que estabas aquí!
Una chica alta de cabello naranjoso con un tono bastante alto de voz se apresuraba a abrazar a su amiga sentada en la cama de la enfermería.
―Pero por Dios ¿Estás bien? tienes el rostro rojísimo, debería llamar nuevamente a la enfermera.
―E-Espera Nat, estoy bien tranquila, solo hace un poco de calor aquí ―detuvo la peli púrpura.
―En ese entonces mejor salgamos, de todos modos me dijeron que solo habías sufrido un rasguño así que vamos a comprar algo para comer en lo que te refrescas y me cuentas ¡¿quién te hizo esto!?
La pequeña Hamber sonrió y asintió con la cabeza para comenzar a recoger sus cuadernos y caminar a la cafetería junto a su mejor amiga Nat.
Pasaron un par de horas antes de la salida, Hamber se veía recuperada del golpe que la había aturdido y ahora caminaba rumbo a la salida junto a Nat.
―¡Hamber!
Llamó su atención la deportista de ojos dorados.
―¿Cómo te sientes?
La más bajita se sintió nerviosa al nuevamente hablar con la rubia
―Bien… solo me duele un poco.
El ambiente podía leerse perfectamente y Nat era bastante buena para notar esa “clase” de ambientes así que aprovechó que estaban fuera del colegio para emprender la huída.
―Bueno yo me tengo que ir por acá ¿Hamber estarás bien si vas sola a casa?
La peli púrpura no comprendía por qué su amiga de repente quería retirarse y si ambas vivían del mismo lado de la ciudad.
―No te preocupes, yo la puedo acompañar.
Se ofreció Angie sonriendo.
―¡Perfecto! me voy entonces, me llamas cuando llegues a casa Hambi, nos vemos Angie, cuidala bien ―
Le guiñó un ojo y se fue dando saltitos hacia el lado contrario por donde siempre se iban juntas. La peli púrpura no entendió nada de lo que sucedió solo que ahora se encontraba caminando a casa con una rubia muy inquieta a su lado.
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